¡Bienvenidos!
pitagoras Tresauroras

Paseo de un faccioso... y algunos frailes...

Salimos de la calle de Belén. Galdós, en el capítulo XII de "Un faccioso más y algunos frailes menos", pone en boca de Salvador Monsalud estas palabras: Pues hace dos meses, la policía registró una casa de la calle de Belén, donde se reunían unos cuantos partidarios de D. Carlos. La policía fue sobornada en aquella ocasión y no prendió a nadie. Pero el Gobierno ha cambiado los guindillas de soflama por otros, y anoche volvió la policía a registrar la casa de la calle de Belén, y pescó a cinco sujetos, y les puso en la cárcel de Villa.

Bajamos por la calle del Barquillo hasta Alcalá y subimos por ésta hasta Alfonso XI, que cogemos hasta la de Montalbán. Aquí se encontraba el desaparecido Palacio de San Juan.

Luego vamos a la iglesia de los Jerónimos por Ruiz de Alarcón.

En el capítulo XIII, refiriéndose a la jura de la princesa Isabel, se puede leer: Empezaba describiendo la comitiva que salió del palacio de San Juan para San Jerónimo...

Bajamos por el Paseo del Prado hasta coger Huertas por la que subimos a la Plaza del Ángel.

En el capítulo V tenemos a Salvador acompañando a doña Salomé Porreño: Tres o cuatro calles atravesó la pareja sin decir palabra, y al llegar a un portal de mediano aspecto en la calle de las Huertas detúvose la muerta viva, y sin soltar el brazo del caballero, anunció con una sola voz el fin de la jornada.

Y en el VII de nuevo a Salvador Monsalud acompañado de Aviraneta: Cuando se hallaron en la plazuela del Ángel, Salvador tomó el brazo de su amigo y burlonamente le dijo...

Por la calle de Atocha llegamos a la plaza de la Provincia.

En el Capítulo VIII Salvador tiene un encuentro triste. Al entrar en la Plaza de Provincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envuelto en su capa, una mujer tan bien resguardada del frío, que sólo se le veían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeda y los carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: se detenían en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujosos vestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos y entretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera. Detuviéronse. El cojo sacó cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo, compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer agasajó el pañuelo lleno de castañas, como para calentarse las manos con él... Avanzaron... desaparecieron por una puerta.

Empezamos a bajar por la calle de Toledo y llegamos a la Iglesia de San Isidro y al Colegio Imperial. Aquí suceden los asesinatos de los jesuitas a manos de una turba enloquecida que nos narra Galdós.

A nuestra izquierda quedan la calle de las Maldonadas y la de la Ruda. En el capítulo XI leemos: La Pimentosa comió abundantemente, como solía hacerlo, y antes de dormir la siesta mandó al fenómeno que bajase para ver si Tablas estaba en la taberna de la calle de las Maldonadas. Y en el XXIX: Por Romualda, a quien hallamos una mañana subiendo casi a gatas la empinada escalera de una casa de la calle de la Ruda, supimos que López llevaba con poca resignación su desgracia.

Cogemos por la calle de López Silva (antes las Velas) y Carlos Arniches (antes del Peñón). Pasamos a la calle Rodas por la que subimos a Embajadores. Llegamos a la iglesia de San Cayetano, donde tuvo lugar la boda de Micaelita Carnicero con Juan Bragas, perdón, con don Juan de Pipaón.

Escribe Galdós en el Capítulo XXV: Se ha muerto el boticario de la calle de Rodas y el carbonero de la calle de las Velas. En la casa del tío Caro no ha quedado más que el gato. Anoche no había novedad, y esta mañana la casa era un cementerio. Y en el XXVII: Muchas damas de candil, vestigio envilecido de las que inmortalizó D. Ramón de la Cruz, rodearon a Maricadalso. Una harpía que grita en medio de la calle del Peñón o de otra cualquiera de aquellos barrios, tiene la seguridad de llevar el convencimiento más profundo al ánimo de su auditorio, sobre todo si lo que dice es un disparate de esos que no entran jamás en cabeza discreta.

La ideología de Galdós

A algunas personas creyentes en cierta ideología de éxito en el siglo XX no les gusta que Galdós nos dibuje una escena criminal en la que las víctimas son jesuitas y los asesinos individuos de las clases populares. Menos aún les agrada que los eclesiásticos se comporten con cierta dignidad e incluso cierta valentía, mientras que el pueblo aparece como ciego y manipulable.

Así podemos encontrar para el escritor canario un calificativo como "liberal decimonónico". Pero Galdós mira con lucidez el tinglado social de su época. Una pequeña burguesía tenaz y progresista y un pueblo sin objetivos definidos. Y también es capaz de distinguir el segmento del pueblo educado para el embrollo y la bronca del segmento cuya intuición y honestidad les permitirá defender la patria en el momento necesario. Y, por supuesto, al sector burgués generoso y valiente del sector egoista y cerril.

Tampoco gustó Galdós a ciertas personas que entendían representar el pensamiento de la Iglesia Católica. Pero Galdós mostró el máximo respeto hacia el sentimiento religioso de los españoles. Otra cosa es que denunciara el comportamiento dominante y manipulador de muchos clérigos.

Y también encontramos críticas muy duras sobre el comportamiento de don Benito con las mujeres que pasaron por su vida. Pero el escritor canario consigue llevar el amor conyugal a cotas de belleza equiparables a las alcanzadas con el amor pasional.

Así tenemos el amor del Gran Capitán a su mujer doña Gregoria (Napoleón en Chamartín) o el amor de Monsalud hacia Solita (segunda serie de los Episodios), o el de Calpena hacia la mayor de las hermanas Castro (tercera serie).

Y tenemos la dureza con la que don Benito describe la violencia física ejercida por Mauro Requejo sobre Inés (El 19 de Marzo y el dos de Mayo) o el comportamiento donjuanesco de don Juan de Urríes con Fernanda Ibero (España sin rey).

También te ofrecemos un plano general de la caminata.

¡Hola!
¡Un saludo!